Se usa la palabra fantasía para designar a aquellas cosas que no
son reales sino que pertenecen al mundo de la imaginación. En este
caso podríamos decir que todo el cine es fantástico, ya que
tanto una comedia de Billy Wilder como un drama sobre el hundimiento de
un barco de James Cameron han salido de la imaginación de su autor.
Pero por cine fantástico se entiende otra cosa. Se entiende que
lo que está pasando en la pantalla contiene elementos que no pueden
pertenecer a la realidad cotidiana.
Siempre ha habido cine fantástico; Méliès, James
Whale, los clásicos de la universal, los bodrios de Ed Wood, monstruos
del lago, momias, platillos volantes, hombres invisibles, hasta dibujos
animados con virginales niñas y enanitos o muñecos de madera
a los que les crece la nariz. Pero hay un punto de inflexión: 2001:
A Space Odissey de Stanley Kubrik, en la que se consiguen dos cosas
por primera vez; primero, el cine fantástico adopta como propios
los avances en efectos especiales y hace creíble ya cualquier imagen,
y segundo, se vuelve cine de culto. Es decir, a partir de 1968, cualquier
película de cine fantástico que pretenda ser algo más
que cine mediocre deberá tener por un lado buenos efectos y por
el otro una carga filosófica que, aunque quede en segundo plano,
dé que pensar al espectador. En esta línea tenemos Alien,
Blade
Runner, Terminator, ..., y dos muy buenos ejemplos recientes:
Dark City, brutal descripción de un mundo en declive, y Cube,
una algebraica pesadilla canadiense.
Es curiosamente en estos dos últimos ejemplos donde podemos
observar muchas de las constantes del género. Ambas nos sumergen
desde el primer fotograma en un mundo extraño para nosotros que
a medida que avanza el metraje se nos va siendo descrito y explicado a
pequeñas pinceladas. Ambas basan la descripción de su mundo
en el decorado (espectacular en la primera y sencillo y muy efectivo en
la segunda) y en una proyección del mismo en la psicología
de los personajes. La ciudad oscura también es la amnesia de su
protagonista y el cubo integra toda la complejidad matemática que
deben resolver los protagonistas para salir del mismo. También en
las dos películas el mundo real no existe, es simplemente un objetivo
que está "allá fuera" pero nunca sabremos dónde ni
a qué distancia del cubo o de la ciudad oscura. También en
ambas películas se encuentra una representación del concepto
de "dios", que en un caso es el cubo mismo (o quien lo haya creado, no
importa) y en el otro acabará siendo el mismo protagonista.
También hay un cine fantástico comercial cuyo único
fin es entretener contando una buena historia. Aquí el máximo
exponente es la saga de Star Wars, que crea todo un universo paralelo
o alterno al nuestro en un avanzado estado de conquista espacial. Este
caso puede ser visto perfectamente como una metáfora del mundo en
que vivimos, con sus guerras y sus distintas razas. En esta línea
tenemos el mundo medieval de la leyenda artúrica, con múltiples
adaptaciones (Excalibur sería la gran representante) y una
futura trilogía que seguro pasará a los anales del cine como
ya lo es de la literatura fantástica moderna: The Lord of the
Rings.