PLÁTICAS DE ELEVADOR (Converses d'ascensor )
-------------------- ((i mirades de metro) II)
El elevador B baja preocupado. Acaba de dejar en el
piso 54 a un hombre de estatura media y más bien joven, pero
algo calvo y bastante desaliñado, con barba de varios días,
sin peinar y que olía a perro muerto. ¡MUERTO! Desde luego no
era el señor Villabuena, el único que sube al último piso del
hotel Presidente la noche de los martes, siempre acompañado de
alguna de sus amantes. Probablemente el señor desaliñado no
tenía la más mínima intención de entrar en la única suite
del ático, la mejor, la de la maravillosa vista (siempre que se
pueda considerar maravillosa la vista de México D.F., una ciudad
infinita que copa hasta el horizonte por cualquiera de los puntos
cardinales), la que impresiona a las amantes. Pero la única otra
puerta de ese piso da a la azotea, y si alguien así va a la
azotea del edificio más alto no será para tomar el sol. El
elevador B está preocupado, probablemente él se estará tirando
en estos momentos.
¡MIERDA! Se fue la luz. El elevador D subía ya entre el
piso 46 y el 47 cuando ha quedado atorado. En su interior van una
viejecita con un bastón y la cabeza cubierta con un pañuelo, el
señor Villabuena y su nueva secretaria, una joven de 17 años
que hace tres semanas que trabaja para él y a la que se le acaba
de prometer un ascenso, seguramente proporcional al número de
orgasmos que el señor Villabuena obtenga esta noche. El señor
Villabuena piensa en lo que haría con las tetas de la señorita
López si no estuviera la vieja. De hecho, la vieja no tiene por
qué enterarse de nada en la oscuridad y, en todo caso, ¿qué
puede decir? Busca a tientas con la mano izquierda la cintura de
la señorita López para un primer acercamiento, pero, al ser
ella más alta que sus otras secretarias, topa de lleno con su
perfecto y redondo culo, cubierto por la escasa tela de una
minifalda. Ella da un respingo pero en seguida comprende que
está en juego el ascenso. El ascenso de la minifalda es el que
no tarda un segundo en llegar y la mano de él se introduce
lentamente en sus braguitas de fantasía y encaje. Ella no puede
reprimir un gemido y él se asusta porque a la vez que el gemido
ha oído a la vieja moverse. De pronto siente cómo una afilada
hoja de puñal se hunde en algún lugar entre su clavícula
izquierda y su garganta. La secretaria grita en la oscuridad al
sentir que un líquido espeso le salpica en los ojos después de
un sonido como de chapoteo.
El elevador E lleva un cuarto de hora sin ser usado
cuando se ha producido el apagón. Piensa en lo inútil que se
siente. Eso de ser el último elevador del pasillo no le sienta
bien; sólo es usado por el servicio y cuando los otros cuatro
están ocupados, y a esas horas de la noche no hay servicio ni
ocupación. Menos mal que el elevador A acababa de llegar a la
planta baja justo antes de que se fuera la corriente eléctrica
y, aunque desde la otra punta del pasillo, le hará compañía
mientras no haya luz.
En el elevador C hay unas siete personas y un caniche
soportando silencio, olor a transpiración y falta de aire y
espacio. Hay dos niños; un niño y una niña. Gemelos. El perro
ladra (probablemente ha oído un gemido diez pisos más arriba).
El niño dice "mamá, pis". Y se oye un grito de mujer que baja
por el hueco del elevador de al lado. El niño se mea, el perro
muerde a alguien y el pánico estalla en el elevador C quien del
susto se suelta de sus amarres. Treinta pisos de vacío y
gravedad quedan bajo los pies de cinco adultos, dos niños y un
asqueroso caniche.
Cuarenta y tres minutos más tarde vuelve la luz. El
inspector Sánchez de la policía forense se dispone a tomar el
elevador A para subir a la azotea a examinar el conducto por el
que el presunto suicida Raúl González ha caído a la
centralita de distribución eléctrica del edificio. A su
derecha, unos doce bomberos están intentando arrancar de la
chatarra un amasijo de ocho cadáveres, entre ellos dos niños y
un perrito. Más allá, su compañero Álvarez está leyendo los
derechos a la señora Villabuena por doble asesinato. El
elevador E se alegra por una vez de ser siempre el último. En
cambio, su amigo B se siente más culpable que nunca por no
haberse dado cuenta antes de lo que pasaría al subir al señor
desaliñado y calvo. Finalmente, el inspector Sánchez decide no
tomar el elevador A y subir por las escaleras.
/AMF.